sábado, 21 de junio de 2014

A través del fondo de las cosas

¿Cómo se cuenta una historia?
Es la pregunta que, suponemos, todo escritor se hace cuando tiene algo entre manos y no puede percibir otro futuro que llevar eso a la escritura; y escribo eso porque todavía, presumiblemente, es un objeto amorfo, no necesariamente una vaguedad o una isla que se percibe a lo lejos y se va distinguiendo a medida que nos acercamos. Han dicho muchos que lo que sigue es una gran batalla con una materia muy molesta y lábil: el lenguaje.
En un relato curioso (La botella de Klein), Juan José Arreola enuncia una famosa ley de Wilcock sobre el procedimiento narrativo de Franz Kafka: "sacarse de la cabeza un objeto, escamotearlo y seguir hablando sobre él." Como afirmación general, la ley es bastante difìcil de imaginar, de concebir en una narración concreta; más si tenemos en mente las grandes novelas de Kafka.
Otra: En El informe de Brodie hay dos cuentos que se parecen demasiado y son bien diferentes. O que parecen muy diferentes y son bastante similares. Me refiero a El encuentro, ese relato en que dos paisanos se trenzan en una de cuchillos y los que ajustan cuentas son en realidad los dueños originales de las armas y no los dos títeres, las dos excusas o los instrumentos, que la actualidad pone a disposición. Los que pelearon esa noche habían sido Juan Almanza y Juan Almada. La explicación aparece al final del relato.
El otro es Guayaquil. Borges ya lo había pensado en el 52 y lo publicó recién en el 70. En él aparecen una cartas inéditas entre Bolívar y San Martín. Dos profesores argentinos se disputan el privilegio de ir a verlas y de publicar un trabajo académico sobre ellas. El cuento narra las conversaciones entre los dos profesores, hasta que uno de ellos resigna su lugar y permite que el otro pueda llevar a cabo la empresa para la que él empieza a sentirse débil o incapaz. El cuento es como un acto de magia. No se explica nada pero como dos sombras encima de nuestra lectura están Bolívar y San Martín discutiendo en Guayaquil y está la claudicación de San Martín a favor de Bolívar. Están en las conversaciones de los profesores, en la actitud del narrador. El lector comprende esto, más allá de todas las palabras que conforman el relato. Por supuesto, este cuento tiene un efecto mayor que el anterior. La razón parece simple y Borges no la desconocía."Decididamente, afirma en una edición de Textos cautivos, p.176, los procedimientos oblicuos no son los peores". (Hay además en estos cuentos y en otros de Borges, un recurso que ya debe de haber descubierto Guillermo Martínez, porque es un recurso matemático, con el que dos japoneses después de siglos resolvieron la famosa hipótesis que Fermat había dejado anotada en un margen. Resuelve en una dimensión lo que en esta no era posible y trae sus consecuencias, para solucionar en esta lo que quedó inconcluso. Ahora no es el recurso que nos interesa.)
Todo esto no hace más que preparar el terreno para hablar de Trasfondo, la extraordinaria novela de Patricia Ratto. Una novela mucho más grande que el texto que alcanzamos a leer en ella.
Un soldado dentro de un submarino dentro de una guerra insólita, o más bien, la conciencia de un soldado en un submarino dentro de una guerra insólita, presenta minuciosamente la ida y la vuelta de la nave hasta las islas Malvinas, la vida del resto de la tripulación, los días larguísimos e iguales, el tiempo muerto, el sinsentido de la espera o de la esperanza en medio de la guerra, las órdenes y el desorden.
La extensión del texto puede llevaronos a conclusiones erróneas. Cuando uno empieza con la lectura cree, ingenuamente, que no le va a llevar mucho tiempo: es una novela corta, de 143 páginas. Pero a las pocas, se da cuenta de que se confundió. Sospecho que la cosa es así: las primeras páginas arrancan y uno va entrando en el mundo del submarino y no se puede situar todavía en la época, aunque tiene conciencia clara de la época en que transcurre, pero todavía no se puede situar del todo como parte de la naturaleza de esa realidad narrada. Ese arranque, por ser la introducción abrupta a ese mundo, es veloz. Pero después, no muchas páginas después, la cosa se frena, se vuelve densa y viscosa, el tiempo no pasa. La novela está sumamente cargada, cada palabra requiere un tiempo de elaboración y está ella sola ahí con toda su presencia, no como un puente que lleva a otra a través de la trama - pienso en el estilo de un realismo típico y simple, ese straight foward de los yanquis-, sino obligando al lector a que deba sopesarla antes de pasar a la que sigue. Ese detenimiento, la impresión del tiempo estancado debajo del agua, el encierro, y, como dice Kohan en la contratapa, la impresión de una paciencia que es más dura que la acción y que la naturaleza de la guerra, están ahí. Es el detenimiento obligatorio del lector (la novela, porque las buenas novelas lo hacen, impone su propio ritmo).
La novela está contada o vista o percibida por Ortega, uno más de los tantos soldados que abultaban el submarino cargado de misiles inútiles y radares no más efectivos que se dirige hundido en el silencio y el desconcierto hacia una batalla que tampoco se sabe dónde está ni cuándo tendrá lugar. La tripulación va a ciegas por el fondo del mar, va a ciegas a luchar contra un enemigo que no ve y que sabe más poderoso. Como inicio es un poco desesperante, es cierto, y esa desesperación no va a perderse en todo el relato, aunque el narrador actúe con una convicción que nos descoloca.
El narrador es un hallazgo notorio de esta novela. No es un hallazgo como novedad técnica. Es más bien un logro difícil y por lo tanto más meritorio. El stream of consciousness es un procedimiento más viejo que Joyce y parece que lo inventó un tal Dujardin, en 1887, y no es menos artificial que cualquier otro procedimiento narrativo. Lo arduo es hacerlo verosímil. Y si me detengo en esto es porque Patricia Ratto lo logra implecablemente. El riesgo de que el narrador se convierta en un guía turístico es alto, porque necesitará explicarnos la presencia de objetos, artefactos, relaciones y pasados que nosotros debemos conocer, pero que para él son enteramente naturales. Ortega anda dentro del submarino de un lado para otro sin detenerse gentilmente ante las demandas del lector. La autora nos mete enseguida con él adentro. En ese punto, en ese efecto mágico, reside uno de los aspectos que conforman el efecto general del libro.
Donde se explica la introducción:
El otro está en todo lo que cuenta sin contarlo, en todo lo que viene agarrado a la novela y que no se lee. En ningún momento se plantea ninguna postura explícita sobre la guerra, sobre los militares, sobre la dictadura, sobre los ingleses (más que como simples enemigos), pero al final, todo cae en la mente del lector como si no hubiesemos dejado de abordar esos temas. Si Kohan llama la atención sobre lo poco que hay de guerra en este libro de guerra es porque esa inacción habla sobre todo lo demás. Y, por otra parte, está la novela misma, con su trama, con Ortega esperando a un compañero junto a una escotilla, al borde de una muerte cantada, Ortega buscando sus botas que alguien le escondió, el frío y la humedad, la falta de oxígeno en la nave. Los métodos oblicuos no son los peores, no hay duda.
De esto depende un detalle más, quizá el más importante, que se deduce de la conjugación de los dos anteriores. Un lector atento puede prever la revelación del final. Pero un lector atento no puede prever el efecto que tendrá esa revelación. Esto hace que la novela sea asombrosa (creo que no exagero). Al terminar la lectura nos ocurre algo -no quiero decir qué-, y ese algo no está vinculado de ninguna manera con una identificación con el protagonista; ese algo es nada más que el efecto de lo literario.

sábado, 24 de mayo de 2014

Cotidiana I

Muchas veces no es necesario salir de casa. Basta con estar a punto de salir, para que nos ocurra algo excepcional.
A las seis tenía que estar en el trabajo. Serían menos cuarto o menos veinte y me apuraba a pasar a un pendrive cierta información necesaria. En eso sonó la puerta. La gente ya se ha acostumbrado a golpear porque el timbre está pintado del mimso color que el marco y casi no se nota. No es un gran problema; así, hay algunas personas que se desmoralizan y ni siquiera golpean, después de haber estado paradas un buen rato buscando con la vista y sin éxito el pequeño adminículo electrónico. Las más atrevidas tantean y en una de esas dan con él.
Espío por la mirilla y veo a dos mujeres, madre e hija presumiblemente y ya veo lo que se viene. Abro.
Buenas tardes, me dice la madre. Es petisa, pecosa, de pelo lacio castaño claro y en su semblante más bien relleno y mofletudo, tiene dibujadas la sonrisa y la mirada candorosa imprescindibles para andar tocando timbre casa por casa. La hija es idéntica, pero adolescente. Las dos llevan sendas camperas inflables, una gris y la otra azul. Las dos tienen esa mirada que acude a los demás y los desarma con un rayo de gentileza. Ah, pero no a mí.
-Seguramente- sigue- vos pensarás en el futuro.
Silencio y gesto expectante de mi lado.
-Y Dios -cuando dice esta palabra, saca con magia, en un movimiento completamente coreográfico, un folletito violeta que tiene un dibujo- Dios piensa en la humanidad. Le dejamos esto para que lo lea.
Observo a la hija, que apenas sonríe en la luz de la tarde.
-Léalo tranquilo; compárelo con su biblia.
-No tengo.-confieso- no soy creyente.
-Dios piensa en la humanidad y en su futuro; y personalmente en usted.
-No me diga.
-Sí- me dice.
Y compruebo que su inocencia es invulnerable. O es una perversa.
Aunque no creo en ninguna entidad superior que de la nada se haya dado existencia a sí misma y después al universo con toda su flora y su fauna y su etcétera y a mí mismo en su interior, suelo ser respetuoso con las creencias ajenas. Ahora, la propaganda no me inspira ningún tipo de respeto. Y me ha ocurrido que cuando uno la cuestiona, los creyentes de cualquier tipo se preocupan y se ofenden, como si uno atacara aquello en lo que creen, y no su propaganda, y he llegado a la conclusión que toda fe no tiene más sustento que su propia propaganda.
Bueno, le digo, voy a leerlo. Giro el folleto y veo dibujada en el frente una chinita de rodillas que tiene entre sus manos una suerte de bonsai, al que mira con esperanza (supongo, por la cuestión del futuro) y las saludo. Ellas parecen más contentas. La expresión de inocencia, de expectativa, se transforma en expresión de truinfo y satisfacción. El sol de mayo viene cayendo lenta y oblicuamente sobre el frente de mi casa y las dos figuritas que empiezan a retirarse, se llevan sus sombras con nitidez. Hasta las sombras parecen satisfechas.
Mientras dejo el folleto un una mesa, me pregunto:
1) ¿Por qué la niña del folleto es china, si la religión, hasta donde sé de religiones, no lo es?
2) ¿Por qué insisto en que la niña es china si hay un bonsai en sus manos y por lo tanto es más probable que sea japonesa?
3) ¿Por qué no está Lionel Messi en el folleto, si ahora está en todas partes, atributo que siempre se le ha endilgado a Dios, justamente?
Algo hace ruido en mi memoria y me olvido estas inquietudes. Es la idea de que hay un dios que piensa personalmente en mí. Ya escuché eso, con variantes, con disimulo, pero sé que ya lo escuché. Entonces recuerdo la voz centroamericana que más de una vez me ha asegurado por teléfono que yo he sido seleccionado especialmente para recibir una cobertura de algún seguro que se debitará de mi tarjeta de crédito. Se enciende en mí una sospecha. Elaboro un par de hipótesis: a) Dios puso un banco -contrariando a Sui Generis-; b)El dueño del banco se está haciendo pasar por Dios; c) Dios se está haciendo pasar por el dueño de un banco -sin contrariar a Sui Generis-; d) Dios y el banco tienen los mismos agentes publicitarios; e) Las modalidades de ventas de bienes intangibles implican de antemano la apelación a una supuesta unicidad del futuro comprador, como don anterior a toda idiosincracia, vale decir, no es por su historia personal que uno es único, sino porque sí o porque aquel que oferta ha dispuesto tal cosa.
No quiero seguir pensando porque me empiezo a complicar y se me hace tarde. Mientras salgo y veo los últimos estertores de un sol que por esta jornada no volveré a encontrar, medito: Dios piensa en mí personalmente y dejé satisfechas a dos mujeres. Creo que no se puede pedir más para un solo día. Después, cierro la puerta del lado de afuera.


jueves, 24 de abril de 2014

La última biografía de Salinger

Hace dos o tres semanas leí en un suplemento cultural que había sido publicada una nueva biografía de Salinger. Nunca leí otra antes, pero sé que hay algunas y que esta es una nueva. Me entusiasmo, me anoto, en alguna parte: comprar biografía de Salinger. Me anoto porque no vivo en Capital y a veces los libros tardan y yo me olvido, incluso de mis deseos. El lunes siguiente o el martes me meto en una librería porque sí, por entrar, y ahí está sobre un estante, solita. Me la compro. 211 mangos.
La lectura del libro borró la lectura del artículo del suplemento; ya no sé qué impresión me había quedado ni a qué conclusión -si la había- llegaba el artículo, si la biografía era buena o mala, si termina con el mito o si lo revive o se consagra a él. No me acuerdo. Es inútil que me proponga buscar en mi garage el suplemento porque ya debe haber limpiado algún vidrio de la casa.
Empiezo la lectura inmediatamente; es más, dejo otros libros que estoy leyendo para dedicarme a este especialmente. Ignoro la razón. Como soy un lector bastante lerdo, me sorprendo de haberme tragado las seiscientas cincuenta páginas en cuatro o cinco días. Una noche me quedé hasta las cinco, con el libro en la mano, y me quise dormir porque me di cuenta que estaba harto de Salinger. Al otro día, seguí; ya se me había pasado.
El libro está escrito con una mínima y fragmentaria participación de los biógrafos (David Shields y Shane Salerno) y en realidad uno podría no leerlo y conformarse con responder a las tres preguntas que cierran la contratapa. Y las respuestas a esas preguntas figuran en las últimas veinte páginas. El resto son testimonios, cartas, fotografías y anécdotas, todas muy interesantes, algunas novedosas -fotos y cartas que nunca habían aparecido en ninguna publicación- producto de nueve años de búsqueda y trabajo, nueve años de persuadir a mucha gente que se negaba a hablar y ahora lo hizo.
Nunca fui especialista en Salinger ni un fanático. Llegué a sus libros por una pésima película en la que actuaba Mel Gibson y explotaba la particularidad de que algunos famosos asesinos decían haberse inspirado en El guardián entre el centeno. Entonces me leí la novela. No es que necesitara inspiración para un asesinato. Me llamó la atención esa teoría de un paranoico, como todas las teorías de los paranoicos. Después llegaron los otros libros, de los cuales me quedo sin duda con Nueve Cuentos. Ahora que leí la biografía confirmo esa decisión. Fabian Casas afirma varias veces que le encantan las biografías, aun las de autores que ignora, porque le han permitido conocer la obra de ellos y hasta vencer los prejuicios que tenía con un autor (cita el caso de Nabokov).. Algo de cierto hay. Ahora quiero releer los libros de Salinger, suponiendo que tengo otra mirada sobre el asunto. Pero no es más que una hipótesis que no puse a prueba.

Parece que la cosa es así. A Salinger le faltaba huevo. Literalmente, tenía un tésticulo ectópico y por esa razón y la vergüenza que le causaba este defecto le gustaban las niñas que todavía no se habían convertido en mujeres. Pero no solamente esto. Era un tipo paradójico. Quizá se hubiese alistado en el ejército y hubiese marchado a la guerra por entener metafóricamente este defecto. Creía que necesitaba curtirse. Había nacido en una familia acomodada, a los dieciseis años ya sabía que quería ser actor o escritor y suponía que para encontrar la madurez como escritor le hacían falta experiencias graves. La guerra lo hizo pelota. Su primer día en el campo fue el desembarco del día D en la playa Utah, después hizo el trayecto a Edmondeville, le tocó estar en Cheburgo, le tocó estar en el bosque de Hürtgen, fue uno de los primeros en liberar un campo de concentración (el Kaufering IV) y estuvo desfilando cuando liberaron París. Según le contó a su hija -o según cuenta su hija que le contó alguna vez- nunca iba a olvidarse el olor a carne quemada. Salinger formaba parte de una unidad de contraespionaje y posiblemente tuvo que hacer cosas no muy agradables con la gente a la que entrevistaba. La cuestión es que esa madurez la convirtió en una serie de voces infantiles o adolescentes. (También, hizo otras cosas mientras estaba en Europa, salvando al mundo: conoció a Hemingway y se juntó algunas veces con él. Y mientras estaba en la guerra también, estaba escribiendo la historia que más tarde sería El guardián entre el centeno.) Pero todos estos detalles ya eran conocidos, aunque a veces mal informados, y la biografía nos demuestra que estas experiencias y una relación inicial y prototìpica con Oona O´Neill, hija de Eugene O´Neill, que le birló Chaplin a último momento, para tener una docena de hijos, lo dejaron psicológicamente atascado en un período anterior a la guerra. Después vendría, como un medio para alcanzar una suerte de salvación, su profesión de religiones orientales, que terminaron de destruir su capacidad artística para convertirlo en un propagandista del vedanta.
Después de seiscientas páginas de ir y venir sobre la posibilidad, la leyenda, de que Salinger, aislado y todo, haya estado escribiendo por medio siglo sin publicar -como esa caricatura que hizo Sean Connery- y de discutir la existencia de una caja fuerte donde habría al menos dos manuscritos finalizados, los autores se deciden repentinamente a asegurar que sí, que hay sin duda tres obras y que saldrán escalonadas entre 2015 y 2020. Una noticia gloriosa para los admiradores del yanqui y un salto ornamental para la estructuración de un texto.
La biografía se demora muchas veces en aspectos que no parecen tan relevantes, al menos no para la extensión que le dedican. Es el caso de los asesinos que utilizaron El guardián... como motivación. El relato del asesinato de Lennon y la caracterización de Chapman ocupa unas 25 páginas. Otro tanto ocurre con la Segunda Guerra. Es cierto que la hipótesis central es que Salinger tuvo estrés postraumático y le duró unos sesenta años. Las primeras cien páginas tratan solo de las diferentes etapas de la campaña de Normandía. Uno llega rapidamente a la conclusión de que la guerra es una idiotez llena de crueldad y sinsentido. Lo demás es repetición, precisión, ajuste de lo mismo y anécdotas; y también, golpes de efecto (un superior le ordena a un soldado que le dispare a un soldado alemán que viene caminando distraído entre los setos de Edmondeville y después se pregunta cómo pudo haber dado esa orden, la orden de matar a un hombre).
El libro, no obstante, está lleno de detalles que vuelven a Salinger, al margen de su brillante carrera literaria, un hombre común, un poco trastornado, al que le gustan las pendejas como limitación y no por capricho, gruñon y obsesionado con la familia de ficción que había creado, un tipo paradójico, que prefirió recluirse y al mismo tiempo salir a cuidar esa reclusión, hasta someterse a un juicio por la propiedad de unas cartas, cosa que lo volvía bastante visible. Y a pesar de todo, el libro mantiene parte del mito, que todos los testigos confirman. Salinger lograba cómplices para casi todo lo que quería porque su personalidad era intensa, tenía ojos negros y ejercía un notable influjo sobre quienes lo rodeaban; era una especie de gurú para las chicas a quienes enamoraba a través de sucesivas cartas y abandonaba después de que la realidad se las ponía enfrente.
Dos supuestos sobre el futuro: por un lado, al menos una de las obras que se publicarán, será, según Salerno y Shields, sobre la familia Glass. Yo me imagino a Salinger obsesionado con los Glass, así lo pinta el libro, creando cada vez más detalles en la soledad de su búnker, anotando fechas en que uno de los personajes hizo esto o aquello: hoy Buddy fue a cenar a la casa de tal, comieron camarones rellenos, y así. Ciencuenta años aumentando un mundo de ficción, con todo lo que le faltaba para ser un mundo real. Algo así como el personaje de Synecdoche New York, que termina confundiendo el realismo con la realidad y la ficción con la vista. Parece que al fin se decidió y en esta obra va a hacer crecer a los Glass.
Por el otro, en algún momento se aflojarán las cadenas legales y tal vez se haga -faltan décadas quizá, pero la insistencia y el fanatismo de los norteamericanos es prometedor- la versión fílmica de El guardián entre el centeno. Me imagino el día del estreno. Después de tanto tiempo, después de haber tratado por todos los medios, se sentarán en el cine y nadie mirará la película como un espectador regular, nadie mirará la historia de Holden Caulfield. Estarán ahí todos como críticos, comparando -es lo que se hace en general cuando uno ve una película basada en una novela o un cuento, pero esta vez, la distancia, el deseo y la importancia de la novela harán que todo sea diferente-, verificando, pensando de manera teórica las posibilidades de dos lenguajes. Ese día los espectadores creerán que han descubierto algo nuevo sobre el cine.

O puede que no pase nada.

martes, 22 de abril de 2014

Fogwill, una memoria moral

Fogwill es una imagen. Los bigotes alquitranados, los ojos atentos, el gesto crispado, entre payasesco y atrabiliario, el pelo canoso, los rulos a medias. Fogwill es una marca, como él quiso, despojando el apellido de otro aditivo. Es una imagen en sentido fotográfico, mercantil y también, como ha descubierto Patricio Zunini, en sentido literario. Fogwill representa la literatura de una época, es el significante de esa literatura, aunque no se lo nombre, no se lo vea o se lo quiera borrar. Es el significante privilegiado, en suma, el falo. Y él lo sabía más que nadie.

Fogwill, una memoria coral es un libro rápido y engañoso. Para empezar, uno se lo lee en una tarde. Y empieza por querer al personaje principal, que se va tejiendo entre anécdotas que se anudan a algún tema no explicitado. La primera publicación, su llegada a la literatura, las aventuras de su empresa de marketing, el emprendimiento editorial, su incorrección política, su pasión por la cocaína y la guita, sus últimos días, etc. La figura del mozaico o el caleidoscopio vendría al pelo acá si no fuera por un detalle: casi no hay una voz discordante; no al menos en lo que podemos deducir que haya sido Fogwill. Ni siquiera el recuerdo que se hace de Aira lamentando que Fogwill fuera tan pendejo. Es cierto que, sin embargo, la imagen que se nos aparece no carece de contradicciones, que la ausencia de esa discordancia nos presenta un personaje complejísimo y a veces ya mitológico. Lo complejo y contradictorio no viene al caso. Todos lo somos. Lo que importa es la medida en que lo somos. Entonces, en todo es desmesurado: Fogwill leyendo a los saltos y llenando las lagunas, Fogwill encontrando a Levrero, Fogwill descubriendo a mil, Fogwill dejando la cocaína con una dieta macrobiotica, Fogwill cantando mientras escribe y escucha música, otra música, no la que canta, Fogwill preso, Fogwil propagandista de los nuevos genios, Fogwill cansado de los nuevos genios, Fogwill navegante, Fogwill poeta, Fogwill genio, Fogwill padre amoroso, Fogwill lector sobrehumano, Fogwill melómano, Fogwill amigo leal, Fogwill amigo impresentable, Fogwill de una ética superlativa, Fogwill estafador, etc.
El libro construye la imagen viva de un periodo de la vida de Fogwill; no la vida de un hombre. Justamente no hay noticias sobre su infancia, sobre su adolescencia o sobre su juventud. Apenas la hipótesis de que era hijo único, como justificativo de su carácter caprichoso. Y está bien, porque eso no es relevante. La imagen está detenida en el tiempo, en un tiempo que dura tres décadas y que se mueve apenas cuando está por morir o a través del recambio de amigos y acólitos.
Yo que solo conozco a Fogwill por alguno de sus libros, he disfrutado enormemente de este. Quizá se deba a su formato. Zunini escribió un documental, y por respeto al género, termina el documental de la mejor manera, como uno de Marilyn Monroe o de Elvis (no elijo los personajes al azar). El último testimonio es de Sergio Bizzio y retrocede en el tiempo a su primer encuentro con Fogwill, y nosotros que somos lectores y miramos documentales vemos de nuevo vivo y joven y alegre y casi en su mejor momento, en el momento que empieza a ser, a un Fogwill que rezuma energía, alegría e idiosincrasia. Así se termina un documental, con la figurita adhesiva de lo vital.

Después de un arduo trabajo que se manifiesta en un breve prólogo y en los posteriores agradecimientos, Zunini ha logrado armar una cosa compacta, homogénea, en todo momento coherente. Y un acierto, por esta razón, en el título: la idea de coro remite a la de afinación, la de estar todos a tono. A propósito, se ha dicho que Fogwill se encargó de construir un canon, cuando la figura imperial de Borges había desaparecido. La mayoría de los testimonios del libro pertenecen a ese canon, son las voces que promocionó. A veces pienso que este libro lo escribió el mismo Fogwill a través de los años y que Zunini solo es la mano ejecutora, algo así como un poseso que obra sin la verdadera conciencia de que está participando en la elaboración de un mito. Es la obra póstuma de Fogwill, la de su constante interés por la autopromoción.

viernes, 4 de febrero de 2011

Un poeta de aquellos

Hace un tiempo, como unos diez años, quizá, nos propusimos con unos amigos crear una revista literaria. La cosa iba en serio o eso creíamos. Nos reunimos dos o tres veces en un café. Uno de ellos trajo una página memorable escrita como presentación. Aunque todavía no teníamos el nombre de la publicación, ya confíabamos en el éxito escaso que tendría, pero el adjetivo sólo minimizaba y no extinguía el sustantivo (lástima que como expertos en los latines, mis dos amigos, no yo,  sabían que éxito sólo significaba salida). A mí se me había ocurrido "La verdad sospechosa", porque había leído que así le llamaba Alfonso Reyes a la literatura en algún ensayo de su recordado libro "La experiencia literaria". Mi ignorancia ignoraba que también era el título de una comedia del siglo XVII, la más famosa de su autor. La cosa quedó en la nada, claro. Pero me quedó el artículo sobre Ernest Dowson, a quien había descubierto gracias a un comentario de Borges sobre una antología que había preparado Yeats y de quien entonces traduje algunos poemas. Dejo el texto en el estilo pretencioso que tenía en esa época. No tiene sentido negar que fui alguien que escribió de esa manera. Me reservo toda mi energía negadora para peores pecados.

Ernest Christopher Dowson nació el 2 de agosto de 1867, en Lee, Kent, cerca de Londres.
Su madre era bastante joven; su padre, ya un señor que sufría de tuberculosis y que había heredado un muelle estéril en Limehouse. Durante su infancia, Dowson viajó -y se educó- por casi toda Europa, porque la salud de su padre precisaba ciudades más nítidas que las orillas del Thames. Porque manejaba muy bien el francés y el latín le permitieron ingresar al  Queen´s College, que abandonó para rescatar el irrescatable trabajo de su padre.
En 1891 se convirtió al catolicismo, porque creía que todo artista debía ser católico y porque un amigo se lo había aconsejado, para encontrar cierta calma. Ese mismo año conoció a Adelein Foltinowics, una mesera polaca, que todas las noches trabajaba en el restaurante de su padre (no del de Dowson, por supuesto). Aunque la mesera tenía sólo 12 años, Dowson se enamoró de ella.
Le propuso matrimonio y ella se negó. Le escribió, entonces, varios poemas, epigramas, y le dedicó su primer volumen (Versos, 1896), con una epístola en francés porque su lengua no podía preciarla. Arthur Symons, amigo de Dowson, escribió con amistosa exageración: "¿Entendió ella, alguna vez, algo más que la parte obvia de aquello que se le ofrecía, en esa tímida e intensa devoción? ¿Le importó alguna vez haber creado y destruido un poeta?" Cuando regresó a Londres, en 1897, supo que Adelein  se había casado con un mozo que trabajaba con ella; lamentó no haberse ahogado en Pont Aven y entendió que huir al Polo Norte no era más que prolongar un infierno. Su adicción al ajenjo fue destruyendo lo poco que quedaba de él. En 1894 su padre había muerto de una sobredosis de cloral; su madre se suicidó seis meses después. Ese año también le confió la noticia de su tuberculosis. Pasaba las noches regularmente borracho, dormido en el ajenjo o en medio de peleas que él mismo despertaba; a menudo, todo en una misma noche. Erró por distintas tabernas; dejó Inglaterra y erró por Europa, pobre y deshecho, hasta que un amigo suyo lo encontró, en París, en 1899, y lo llevó a Londres nuevamente. Al poco tiempo murió, el 22 de febrero de 1900. Tenía 32 años.
En su corta vida, sin embargo, hizo tiempo para algunas cosas. Formó parte, posiblemente desde 1891, del Rhymer´s Club, al que asistían también W.B. Yeats, Lionel Johnson, Arthur Symon, Aubry Beardsly y, de vez en cuando, Oscar Wilde. Publicó su primer libro de poemas en 1896; el segundo: Decoraciones en verso y prosa, en 1899; colaboró con el Libro Amarillo; tradujo, para sobrevivir, a Baudelaire, Verlaine, Balzac, Zola y otros franceses; publicó un drama en verso, El pierrot del minuto, que, según afirma uno de sus biógrafos, no le gustaba realmente; y escribió junto a Arthur Moore, dos novelas: Una comedia de máscaras, en 1893, y Adriano de Roma, poco antes de morir. Fue amigo de Stevenson, de Wilde, de Yeats; admiró a Poe, a Swinburne, a Verlaine y a los clásicos; especialmente, a Horacio.
Su lirismo, la música de sus versos, su fe en el detenido trabajo de la palabra influyeron  a Yeats, a Rupert Brooke y a otros, que probablemente ignoran su existencia. Ezra Pound escribió el poema In Tempore Senectutis que es casi una charla con el homónimo original de Dowson. Aunque por el tiempo y el lugar frecuentara a los decadentes, y a pesar de sus temas recurrentes, su obra se parece más a la de un clásico. Es curioso que su vida trágica no haya salvado su memoria.

lunes, 27 de diciembre de 2010

La inveterada necesidad de comunicarse

Como a casi todo, también acá llegué tarde. Aunque haya sido por propia voluntad, después de haber descartado otros medios. Sin duda esto es lo que más se me acomoda. ¿Por qué? Quizá porque, como quería sostener Barthes en sus últimos tiempos, el personaje principal debo ser yo o al menos mi discurso (cosa que no alcanzó a explicarle al chofer de la ambulancia). O bien por una de esas taras que se van transmitiendo de generación en generación y la familia, falta de cualquier otro talento, sin ningún tipo de reflexión, nombra como particularidad afirmativa, como una de esas características que nos vuelven más amables, y con las cuales, en realidad,  un chico pelea hasta que, derrotado, las acepta, al mismo tiempo que entiende que son parte de la herencia: mi abuelo era ferroviario, guarda de tren, y llegaba último a todas las estaciones.
Aparte esta cuestión de principio, durante algunos años me pregunté para qué podría yo querer escribir un blog, bitácora (como metonimia o apócope, si cupiese, pero es díficil reconocer el proceso mental subyacente, de "cuaderno de bitácora") como llaman los españoles con más tino. Las dificultades de género son claras. Los diarios de viaje de Colón eran, cuando no cartas a los reyes, simples anotaciones burocráticas de un almirante, es decir, su cuaderno de bitácora. Pero el blog (para una correcta etimología Cf.  http://dictionary.reference.com/browse/blog) es un diario. Un diario público y esto no es una novedad. También lo eran los diarios de Gide, de los Goncourt, para hablar sólo de la letra G.  Sin duda hay una diferencia interminable: el traspaso a este medio irreal no es un simple cambio de escenario. Así que si alguna vez en el papel hubiera comenzado un diario de poco me serviría. Sin embargo, antes de buscar alguna referencia en un blog existente, me concentro en esta extraña naturaleza del diario: hay un tipo en algún lugar que finge ser íntimo, y más tarde o más temprano les muestra a todos esa intimidad. Desde el principio estuvo preparada esa exposición, por eso finge. No otra cosa es crear un personaje para una novela.
Hace exacatamente 100 años y veinte días, uno de los pocos que nos hacen creer esta ficción escribía: "No volveré a abandonar este diario. Debo aferrarme a él, porque no puedo aferrarme a otra cosa.". Y uno piensa "Pobre hombre, ¿por qué tanta desesperación?" Se me ocurre que hay algo más. Si no, alcanzaría con pensar, no haría falta pasarlo por escrito. Es probable que la escritura genere la ilusión del diálogo (pregúntenle al amante epistolar que ya no existe); el usuario de facebook actúa como si todos sus contactos estuviesen conectados en el momento que publica algo; el usuario de twitter cree que esa brecha, la que hay entre el momento que uno expide un comentario y el otro lo recibe, ha sido reducida. Busco más, para entender ese diálogo posible.
"¿Qué hay, en lo que alguien confiese, que valga la pena o que sirva?", se preguntaba Bernardo Soares, y se respondía "Lo que nos ocurrió, o bien les ocurrió a todos o sólo a nosotros; en el primer caso, nunca será novedoso, en el segundo, siempre resultará incomprensible". Detrás de la aparente lucidez  Pessoa no  pensó que uno confiesa aquello que se le ocurrió, no aquello que le ocurrió y en ese caso uno cree que siempre se le ocurren novedades. Lo cual no deja de ser cierto, pero no interesante.
Busco más. Giovanni Papini, hecho ya un fanático irredento, me dice, en su no tan célebre "Diccionario del Hombre salvaje" que un diario sólo sirve para volcar en él las frustraciones de los que no hacen nada en la realidad. No voy a negar que me deprimo un poco. Cada vez que escriba una frase, el juicio temerario del gringo me caerá como una piedra sobre la cabeza.
Pero esto sin duda no será un diario; pareciera que uno lo deja más tranquilo la sensación de comunicarse que la efectiva comunicación. Como no me fue bien con los diarios, consultos sus virtuales competidores, los blogs. Entonces, me tranquilizo: no tengo que saber qué quiero escribir ni por qué.
Al final todo se parecerá a esta anotación de Bioy en su "Descanso de Caminantes":

"Margarita Aguirre: Yo viví en esa calle con Rodolfo
Alejo Florín: ¿Quién es Rodolfo?
Enrique: Rodolfo Aráoz Alfaro.
Pepe Bianco (sonriendo con afectuoso interés): ¿Cómo está Rodolfo?
Francis Korn (a Pepe Bianco): Pero, ¿Rodolfo Aráos Alfaro no ha muerto?
Pepe Bianco (a Francis Korn, sin vacilar): Hace años."