Fogwill es una imagen.
Los bigotes alquitranados, los ojos atentos, el gesto crispado, entre
payasesco y atrabiliario, el pelo canoso, los rulos a medias. Fogwill
es una marca, como él quiso, despojando el apellido de otro aditivo.
Es una imagen en sentido fotográfico, mercantil y también, como ha
descubierto Patricio Zunini, en sentido literario. Fogwill representa
la literatura de una época, es el significante de esa literatura,
aunque no se lo nombre, no se lo vea o se lo quiera borrar. Es el
significante privilegiado, en suma, el falo. Y él lo sabía más que
nadie.
Fogwill, una
memoria coral es un libro rápido y engañoso. Para
empezar, uno se lo lee en una tarde. Y empieza por querer al
personaje principal, que se va tejiendo entre anécdotas que se
anudan a algún tema no explicitado. La primera publicación, su
llegada a la literatura, las aventuras de su empresa de marketing, el
emprendimiento editorial, su incorrección política, su pasión por
la cocaína y la guita, sus últimos días, etc. La figura del
mozaico o el caleidoscopio vendría al pelo acá si no fuera por un
detalle: casi no hay una voz discordante; no al menos en lo que
podemos deducir que haya sido Fogwill. Ni siquiera el recuerdo que se
hace de Aira lamentando que Fogwill fuera tan pendejo. Es cierto que,
sin embargo, la imagen que se nos aparece no carece de
contradicciones, que la ausencia de esa discordancia nos presenta un
personaje complejísimo y a veces ya mitológico. Lo complejo y
contradictorio no viene al caso. Todos lo somos. Lo que importa es la
medida en que lo somos. Entonces, en todo es desmesurado: Fogwill
leyendo a los saltos y llenando las lagunas, Fogwill encontrando a
Levrero, Fogwill descubriendo a mil, Fogwill dejando la cocaína con
una dieta macrobiotica, Fogwill cantando mientras escribe y escucha
música, otra música, no la que canta, Fogwill preso, Fogwil
propagandista de los nuevos genios, Fogwill cansado de los nuevos
genios, Fogwill navegante, Fogwill poeta, Fogwill genio, Fogwill
padre amoroso, Fogwill lector sobrehumano, Fogwill melómano, Fogwill
amigo leal, Fogwill amigo impresentable, Fogwill de una ética
superlativa, Fogwill estafador, etc.
El libro construye la
imagen viva de un periodo de la vida de Fogwill; no la vida de un
hombre. Justamente no hay noticias sobre su infancia, sobre su
adolescencia o sobre su juventud. Apenas la hipótesis de que era
hijo único, como justificativo de su carácter caprichoso. Y está
bien, porque eso no es relevante. La imagen está detenida en
el tiempo, en un tiempo que dura tres décadas y que se mueve apenas
cuando está por morir o a través del recambio de amigos y acólitos.
Yo que solo conozco a
Fogwill por alguno de sus libros, he disfrutado enormemente de este.
Quizá se deba a su formato. Zunini escribió un documental, y por
respeto al género, termina el documental de la mejor manera, como
uno de Marilyn Monroe o de Elvis (no elijo los personajes al azar).
El último testimonio es de Sergio Bizzio y retrocede en el tiempo a
su primer encuentro con Fogwill, y nosotros que somos lectores y
miramos documentales vemos de nuevo vivo y joven y alegre y casi en
su mejor momento, en el momento que empieza a ser, a un Fogwill que
rezuma energía, alegría e idiosincrasia. Así se termina un
documental, con la figurita adhesiva de lo vital.
Después de un arduo
trabajo que se manifiesta en un breve prólogo y en los posteriores
agradecimientos, Zunini ha logrado armar una cosa compacta,
homogénea, en todo momento coherente. Y un acierto, por esta razón,
en el título: la idea de coro remite a la de afinación, la de estar
todos a tono. A propósito, se ha dicho que Fogwill se encargó de
construir un canon, cuando la figura imperial de Borges había
desaparecido. La mayoría de los testimonios del libro pertenecen a
ese canon, son las voces que promocionó. A veces pienso que este
libro lo escribió el mismo Fogwill a través de los años y que
Zunini solo es la mano ejecutora, algo así como un poseso que obra
sin la verdadera conciencia de que está participando en la
elaboración de un mito. Es la obra póstuma de Fogwill, la de su
constante interés por la autopromoción.
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