viernes, 4 de febrero de 2011

Un poeta de aquellos

Hace un tiempo, como unos diez años, quizá, nos propusimos con unos amigos crear una revista literaria. La cosa iba en serio o eso creíamos. Nos reunimos dos o tres veces en un café. Uno de ellos trajo una página memorable escrita como presentación. Aunque todavía no teníamos el nombre de la publicación, ya confíabamos en el éxito escaso que tendría, pero el adjetivo sólo minimizaba y no extinguía el sustantivo (lástima que como expertos en los latines, mis dos amigos, no yo,  sabían que éxito sólo significaba salida). A mí se me había ocurrido "La verdad sospechosa", porque había leído que así le llamaba Alfonso Reyes a la literatura en algún ensayo de su recordado libro "La experiencia literaria". Mi ignorancia ignoraba que también era el título de una comedia del siglo XVII, la más famosa de su autor. La cosa quedó en la nada, claro. Pero me quedó el artículo sobre Ernest Dowson, a quien había descubierto gracias a un comentario de Borges sobre una antología que había preparado Yeats y de quien entonces traduje algunos poemas. Dejo el texto en el estilo pretencioso que tenía en esa época. No tiene sentido negar que fui alguien que escribió de esa manera. Me reservo toda mi energía negadora para peores pecados.

Ernest Christopher Dowson nació el 2 de agosto de 1867, en Lee, Kent, cerca de Londres.
Su madre era bastante joven; su padre, ya un señor que sufría de tuberculosis y que había heredado un muelle estéril en Limehouse. Durante su infancia, Dowson viajó -y se educó- por casi toda Europa, porque la salud de su padre precisaba ciudades más nítidas que las orillas del Thames. Porque manejaba muy bien el francés y el latín le permitieron ingresar al  Queen´s College, que abandonó para rescatar el irrescatable trabajo de su padre.
En 1891 se convirtió al catolicismo, porque creía que todo artista debía ser católico y porque un amigo se lo había aconsejado, para encontrar cierta calma. Ese mismo año conoció a Adelein Foltinowics, una mesera polaca, que todas las noches trabajaba en el restaurante de su padre (no del de Dowson, por supuesto). Aunque la mesera tenía sólo 12 años, Dowson se enamoró de ella.
Le propuso matrimonio y ella se negó. Le escribió, entonces, varios poemas, epigramas, y le dedicó su primer volumen (Versos, 1896), con una epístola en francés porque su lengua no podía preciarla. Arthur Symons, amigo de Dowson, escribió con amistosa exageración: "¿Entendió ella, alguna vez, algo más que la parte obvia de aquello que se le ofrecía, en esa tímida e intensa devoción? ¿Le importó alguna vez haber creado y destruido un poeta?" Cuando regresó a Londres, en 1897, supo que Adelein  se había casado con un mozo que trabajaba con ella; lamentó no haberse ahogado en Pont Aven y entendió que huir al Polo Norte no era más que prolongar un infierno. Su adicción al ajenjo fue destruyendo lo poco que quedaba de él. En 1894 su padre había muerto de una sobredosis de cloral; su madre se suicidó seis meses después. Ese año también le confió la noticia de su tuberculosis. Pasaba las noches regularmente borracho, dormido en el ajenjo o en medio de peleas que él mismo despertaba; a menudo, todo en una misma noche. Erró por distintas tabernas; dejó Inglaterra y erró por Europa, pobre y deshecho, hasta que un amigo suyo lo encontró, en París, en 1899, y lo llevó a Londres nuevamente. Al poco tiempo murió, el 22 de febrero de 1900. Tenía 32 años.
En su corta vida, sin embargo, hizo tiempo para algunas cosas. Formó parte, posiblemente desde 1891, del Rhymer´s Club, al que asistían también W.B. Yeats, Lionel Johnson, Arthur Symon, Aubry Beardsly y, de vez en cuando, Oscar Wilde. Publicó su primer libro de poemas en 1896; el segundo: Decoraciones en verso y prosa, en 1899; colaboró con el Libro Amarillo; tradujo, para sobrevivir, a Baudelaire, Verlaine, Balzac, Zola y otros franceses; publicó un drama en verso, El pierrot del minuto, que, según afirma uno de sus biógrafos, no le gustaba realmente; y escribió junto a Arthur Moore, dos novelas: Una comedia de máscaras, en 1893, y Adriano de Roma, poco antes de morir. Fue amigo de Stevenson, de Wilde, de Yeats; admiró a Poe, a Swinburne, a Verlaine y a los clásicos; especialmente, a Horacio.
Su lirismo, la música de sus versos, su fe en el detenido trabajo de la palabra influyeron  a Yeats, a Rupert Brooke y a otros, que probablemente ignoran su existencia. Ezra Pound escribió el poema In Tempore Senectutis que es casi una charla con el homónimo original de Dowson. Aunque por el tiempo y el lugar frecuentara a los decadentes, y a pesar de sus temas recurrentes, su obra se parece más a la de un clásico. Es curioso que su vida trágica no haya salvado su memoria.

lunes, 27 de diciembre de 2010

La inveterada necesidad de comunicarse

Como a casi todo, también acá llegué tarde. Aunque haya sido por propia voluntad, después de haber descartado otros medios. Sin duda esto es lo que más se me acomoda. ¿Por qué? Quizá porque, como quería sostener Barthes en sus últimos tiempos, el personaje principal debo ser yo o al menos mi discurso (cosa que no alcanzó a explicarle al chofer de la ambulancia). O bien por una de esas taras que se van transmitiendo de generación en generación y la familia, falta de cualquier otro talento, sin ningún tipo de reflexión, nombra como particularidad afirmativa, como una de esas características que nos vuelven más amables, y con las cuales, en realidad,  un chico pelea hasta que, derrotado, las acepta, al mismo tiempo que entiende que son parte de la herencia: mi abuelo era ferroviario, guarda de tren, y llegaba último a todas las estaciones.
Aparte esta cuestión de principio, durante algunos años me pregunté para qué podría yo querer escribir un blog, bitácora (como metonimia o apócope, si cupiese, pero es díficil reconocer el proceso mental subyacente, de "cuaderno de bitácora") como llaman los españoles con más tino. Las dificultades de género son claras. Los diarios de viaje de Colón eran, cuando no cartas a los reyes, simples anotaciones burocráticas de un almirante, es decir, su cuaderno de bitácora. Pero el blog (para una correcta etimología Cf.  http://dictionary.reference.com/browse/blog) es un diario. Un diario público y esto no es una novedad. También lo eran los diarios de Gide, de los Goncourt, para hablar sólo de la letra G.  Sin duda hay una diferencia interminable: el traspaso a este medio irreal no es un simple cambio de escenario. Así que si alguna vez en el papel hubiera comenzado un diario de poco me serviría. Sin embargo, antes de buscar alguna referencia en un blog existente, me concentro en esta extraña naturaleza del diario: hay un tipo en algún lugar que finge ser íntimo, y más tarde o más temprano les muestra a todos esa intimidad. Desde el principio estuvo preparada esa exposición, por eso finge. No otra cosa es crear un personaje para una novela.
Hace exacatamente 100 años y veinte días, uno de los pocos que nos hacen creer esta ficción escribía: "No volveré a abandonar este diario. Debo aferrarme a él, porque no puedo aferrarme a otra cosa.". Y uno piensa "Pobre hombre, ¿por qué tanta desesperación?" Se me ocurre que hay algo más. Si no, alcanzaría con pensar, no haría falta pasarlo por escrito. Es probable que la escritura genere la ilusión del diálogo (pregúntenle al amante epistolar que ya no existe); el usuario de facebook actúa como si todos sus contactos estuviesen conectados en el momento que publica algo; el usuario de twitter cree que esa brecha, la que hay entre el momento que uno expide un comentario y el otro lo recibe, ha sido reducida. Busco más, para entender ese diálogo posible.
"¿Qué hay, en lo que alguien confiese, que valga la pena o que sirva?", se preguntaba Bernardo Soares, y se respondía "Lo que nos ocurrió, o bien les ocurrió a todos o sólo a nosotros; en el primer caso, nunca será novedoso, en el segundo, siempre resultará incomprensible". Detrás de la aparente lucidez  Pessoa no  pensó que uno confiesa aquello que se le ocurrió, no aquello que le ocurrió y en ese caso uno cree que siempre se le ocurren novedades. Lo cual no deja de ser cierto, pero no interesante.
Busco más. Giovanni Papini, hecho ya un fanático irredento, me dice, en su no tan célebre "Diccionario del Hombre salvaje" que un diario sólo sirve para volcar en él las frustraciones de los que no hacen nada en la realidad. No voy a negar que me deprimo un poco. Cada vez que escriba una frase, el juicio temerario del gringo me caerá como una piedra sobre la cabeza.
Pero esto sin duda no será un diario; pareciera que uno lo deja más tranquilo la sensación de comunicarse que la efectiva comunicación. Como no me fue bien con los diarios, consultos sus virtuales competidores, los blogs. Entonces, me tranquilizo: no tengo que saber qué quiero escribir ni por qué.
Al final todo se parecerá a esta anotación de Bioy en su "Descanso de Caminantes":

"Margarita Aguirre: Yo viví en esa calle con Rodolfo
Alejo Florín: ¿Quién es Rodolfo?
Enrique: Rodolfo Aráoz Alfaro.
Pepe Bianco (sonriendo con afectuoso interés): ¿Cómo está Rodolfo?
Francis Korn (a Pepe Bianco): Pero, ¿Rodolfo Aráos Alfaro no ha muerto?
Pepe Bianco (a Francis Korn, sin vacilar): Hace años."